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Elliot y…

25 de febrero de 2013

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Cómo era esa rueda o tagadá de feria, en que las espaldas de unos u otros se apoyaban contra algo, contra alguien. Como una estructura de pérdida dibujada en un previously, Michel corría su moto. Verónica se apoyaba contra él mirando al cielo, blanco aún, casi celeste aún, como casi lucían sus iris verde-pardo. Michel, de ojos oscuros, azabaches, los cromos grabados del tolteca sol en su bio-eléctrica velocidad, el beso, que besa sus bocas unidas a la noche, y el cielo, herido por la ponzoña de Vikul…

Searching for sugar man, Sixto Rodríguez, sus dos vinilos, Cold fact, y Become from reality, en la Beat Disco de San Diego, Charlie,  algunas rescatadas en el soundtrack, folk rock cant-autoral del que gustarías dado tu traspuestismo, y ojalá todo Elliot Smith. Sus discos y shows en vivo. Sus predilectos de Bach, Rachmaninov, él mismo tocándoles al piano. ¿Qué ya viste su último video colgado al bio-panel? No dijiste nada de su silencio esquivo ni de su inquieta entrega televisada. Cada acorde, y golpe musical, cada segundo percutido contra puente y cuerdas, con esa tan trémula voz de sol indi acuarelado en su agua lo-fi…I didn´t understand, en vivo,  guitarra o piano. Canciones oídas tantas veces. Los escarabajos. Todo Radiohead, especialmente, y ufff, los especialmente son muy uffff. Con Atoms for peace, e invitados solistas de corno, viola, et violão, jijijiji, rió una cálida conejilla invisible, sólo su voz  obsequiosa (tipo Alicia Rodríguez), luego su sombra, y algunos niños excitados en el quinto pasillo ext-int de torreta uno, la luna tan redonda, y ellos trasnochados, trasnochando. ¿Trans? Una puerta se cierra. Cada cual a su existencia literaria. Ellos allá, alguien acá. Un retraimiento en el cuarto de Michel, en pensión Dumont. Su amiga-x de entonces vendría, reñirían, y él le dejaría hacer en su cuarto esa tarde, yendo a por una baguet, leche de almendra, guacamoles, y un nuevo libro. Ella a solas en el cuarto Dumont, se asustaría ante la dudosa e inquietante zona baja del silencio, y desafiaría desnuda, en la ventana, a una facultad de artes vecina, a la prensa, a la ciencia, y a novela. Vía streaming, degradada exponencial. Michel, intenta entrar a su cuarto. Las palabras y los libros desparramados por toda la habitación, lo tornan imposible, aunque la poesía sea como una ganzúa al hablante lírico de Lira, la puerta no abre, y el cúmulo de amontonados fonemas, del otro lado, sin amiga-x.

Michel echó de menos Logorama, merendó con eremitas terraceños, y se dejó caer a la noche entre zarza y balaustrada, ante una inminente guardia blanca en redada.

-¿Fabricando combustible, eh?-, mofa un conejo blanco, citado de cuento, que alguien busca y lee y oh my god. Because the writer is a her. ¿Her? Oh, si tú leyeras cuanto escribo en estos días, proyecta Michel.

La computadora con trabas de procesador, ojjj,  Madame Bovary, vectorizada por un plano de Chabrol, sella también cada veinticuatro fotoramas, algunos trémulos segundos tatuados por una Isabelle Huppert, a una esbelta retina que en universos paralelos, se admiraba de sí, y que se dejaba admirar. Michel, se interrogaba sobre ese músico que en Trece rosas, dice a un glamouroso personaje musical de Pilar López de Ayala, si toda la gente de derechas, fuera como tú…con música de piano en blanco y negro, con luces de tarde que a veces llegan de mañana, con sus sombras   afiladas susurradas a su oído, una tras otra, cut-chillos Bowie, en un cuento de Rodrigo Rey Rosa, pero no lee ese cuento sino otro, en dónde se cae una cut-chara, el de los terroristas de salón, y Diáspora, de Horacio Castellanos Moya, sobre la crisis guerrillera y Dalton. Y una hierba contra-cancerígena, sup-anotada en caso Neruda, una interminable colección recomendada por autores favoritos de autores favoritos de, especialmente por.

Qué gran guion de Paula del Fierro y Ana María del Río, ¿sí o no, Geni? La princesa de la literatura para sus sombras contra el muro. ¿Que a qué autor se refiere, el odioso conejo de las adivinanzas? ¿La duda?¿La sombra de una duda? Anónimas ausencias, cautivaban presencias, mirando, mirando, en el bio-panel, for ever conected or, whatever…

Una gaviota bianca, que no tenía nada que ver con Chejov, graznó chillosa, dichosa, ceremoniosa, y cruzó un esbelto cielo negro, provenida desde las costas oestes de abya yala nod. Michel cautivo por una orquídea polar ausente, de adictivos y sedosos pétalos, mejor escribir. Volverse loco, no. ¿No? Ninfo 1, escribiendo la novela, cambio. Ninfo 1, brilla por su ausencia, cambio.

-Oh-, declama Michel, -cada línea de novela, línea índice, si no, no-, enfatiza.

-¿No?-, interroga desvaído Vikul.

Darwin alerta, su ademán estructural de masculino, tan ceñido a su temperamento, se plantea  interno Michel, escudriñable por un momento gracias al focalizador de…, exactamente, de un conejo narrador, altamente endógeno, aunque, míope, sí.

-¿Viste?-, yo sabía, alega alguien que hará lo que sea por su obsesión adversa y peligrosa, una auténtica amenaza a universo novelario, en universo referido, o periférico, posiblemente amiga-x.

-¿Qué ocurre contigo, androide paranoide?

Que El doble, la segunda novela de Dovstoyeski, fuese la mejor para Nabokov no daba lo mismo a Michel. Ninfo 1 gustaba El jugador (de bo), ajedrez de ojos rasgados contra un apostador, duelo de narradores, loso-tro, también queri-mo, aplen-del, vocaliza conejo mimético, que luego cambia a modo Mr. Fox, y a esa sensación de viajero, visitante, pasajero por mil y una noches, y repasa en un balcón costero de Las Cruces, junto a Parra, la losa de Huidobro, entre esos borrosos cerros ocres, que se ven allá, ¿sí, una nubecilla blanca?, tra-la-lí.

Las olas, como un libro mar y arena, que besa los desnudos pies con su aspereza, posible implante intraocular para Michel si les revela…

Esas esbeltas luces oscuras, zozobra Michel, uncunny, género novelesco, de alta implicancia lectófila y melómana, sí, pero no solo eso, cinéfila, sí, pero no solo eso, nada más que un bluf, ¡así no se escribe! ¿No?

Durante el seminario x, Michel iría tras Verónica, y a mitad de la escalera ella voltearía y se mirarían. Sus descalzos pies, reanudarían en plano nipón, y en el  rellano, ella voltearía nuevamente y rozaríale la piel de sus pupilas, con sus médanos rosados y amarillos, y Michel se quedaría, noxeado. Ella, subida más alto, ¿a donde vas tú ah?, y le contendría mimosa, a por  cierto libro que, ajajajajajaja. Y le miraría fija, y en ese rellano marrón contra esfumados ventanales celestes y paredes verde agua, una nube gris y blanda cubriría un sol vespertino anaranjado, y un delicioso contraluz suavizaría peluso el pómulo rostro de Verónica. Y elipsarían a un silencio inusitado,  in-musitado, de ritmo casi ciego,  aún antes ya de unirse, de tocarse,  aún antes no de hablar, aún antes de involver y de ¿ignotarse?, y de implicarse en melodías y armonías medulosas, casi que bordeando ya, esa rasgada orilla  acantilada  y oscularia, de esa quemante  zona “x”.

El seminario avanzaba, con bajas crecientes, que se caían a la playa buscando cierta orquídea cromática marina, cuyo proléptico filtro, extático y sensual les era muy apetecido, sin adivinar que Vikul, y que Lapoli, y que…

Campanilla telefónica trinando un redoble.  Tomando el candle  digital y…

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