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TIERRA SANTA Por Michael Moore

21 de noviembre de 2012
Hace unos pocos años, un millón de israelíes asistió en Tel Aviv a una manifestación por la paz. Escena que demostró que los palestinos cuentan con el apoyo de al menos, un millón de aliados judíos (cerca de una tercera parte la población de ese país).
Los ciudadanos de EEUU no donamos 3.000 millones de dólares anuales a Siria, tal como si hacemos con Israel. Y puesto que se trata de nuestro dinero, nos hemos de considerar responsables de la opresión, la matanza y las condiciones de segregación que se dan en los territorios ocupados por Israel.
A continuación, texto completo.
Un nombre tan bonito para un lugar donde se perpetran más actos sanguinarios que en la zona VIP de una fiesta satánica.
En enero de 1988, apenas un mes después del inicio de la primera Intifada, viajé con unos amigos a Israel, Cisjordania y Gaza, para enterarme in situ de qué iba el tema.

Yo ya había estado en Centroamérica, China, el Sureste asiático y otras regiones de Oriente Medio. Aún así, no estaba preparado para lo que vi en los campos de refugiados de los territorios ocupados. Jamás asistí a tamaña sordidez, degradación y miseria. Forzar a seres humanos a vivir en estas condiciones –y hacerlo a punta de pistola, durante más de cuarenta años-es una iniquidad sin sentido.Me entristece y enfurece enormemente el horror y el sufrimiento soportado por los judíos desde tiempos inmemoriales. No hay una sola comunidad (tal vez los kurdos) que padeciera más muerte y tormentos que la judía, victima de una intolerancia que dura ya milenos.

Lo que me asombra no es tanto la naturaleza de este odio-pues las guerras étnicas parecen formar parte inevitable de la vida-como la persistencia con que se transmite de una generación a otra. Pienso que el odio no debería ser como el reloj del abuelo que heredará el mayor de los nietos. Sin embargo, el odio hacia los judíos pasa de padres a hijos como un idioma o una leyenda tradicional oral. Habitualmente los humanos somos capaces de sacudirnos de encima las malas ideas, como que la Tierra es plana. Ya hace seiscientos años desechamos esa tontería. ¿Por qué tanta gente sigue a pegada al desprecio por los judíos y no lo relega al olvido?.

En eso reside una de las mayores complicaciones para los palestinos: los humanos tenemos la desgracia de que, una vez maltratados, tendemos a maltratar. Nada es menos sorprendente que el hecho de que los niños abusados acaben a su vez un día abusando de sus propios hijos. Después de que los estadounidenses bombardearan repetidamente a los pacíficos y neutrales camboyanos, masacrando a cientos de miles durante la guerra de Vietnam, los camboyanos acabaron volviéndose los unos contra los otros, masacrándose esta vez por su cuenta. Después de que la Unión Soviética perdiera veinte millones de personas durante la Segunda Guerra Mundial, decidió prevenirse contra cualquier intento de injerencia externa invadiendo y dominando casi todos los países con los que lindaba.

Una vez martirizada, la gente suele enloquecer y acaba por tomar medidas drásticas e irracionales para protegerse.
No deseo cuestionar las delicadas razones para la creación del estado de Israel ni del derecho ¿sagrado?, a ocupar esas tierras. Sólo profundizo en las circunstancias actuales, origen de una matanza incesante perpetrada por ambas partes. Dicha situación deriva, por un lado, del odio de los palestinos hacia los judíos, y por otra, de la tremenda opresión ejercida por los judíos sobre los palestinos.

Es cierto que los palestinos también viven oprimidos en otros países árabes, donde no se les permite votar ni poseer bienes inmuebles y se les trata como a ciudadanos de segunda clase, como mano de obra barata y como arma arrojadiza en el conflicto contra Israel. Pero tampoco perderé tiempo con esto, visto que no hay mucho que pueda hacer al respecto aparte de indignarme.
Los ciudadanos de los EEUU no donamos 3.000 millones de dólares anuales a Siria, tal como si hacemos con Israel. Y puesto que se trata de nuestro dinero, nos hemos de considerar responsables de la opresión, la matanza y las condiciones de segregación que se dan en los territorios ocupados por Israel.
Además, Israel tiene armas nucleares, algunos países árabes pronto las tendrán y, si nadie detiene esta locura enseguida, puede que paguemos un precio elevadísimo por ello.

Por tanto me opongo a un Apartheid financiado a mi costa. Creo que todos los seres humanos tienen derecho a la autodeterminación, el voto, la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Los árabes que viven en Cisjordania y Gaza no gozan de ninguno de estos derechos. No son libres para viajar y viven bajo permanente toque de queda. Se les acusa, arresta y encarcela impunemente. Sus casas son derribadas sin aviso previo. Se les roba la tierra para entregársela a los colonos, y sus hijos son asesinados por tirar piedras o por el mero hecho de andar por la calle.

¡Claro que tiran piedras! ¡Claro que matan a colonos israelíes! Así suele reaccionar la gente maltratada: paga con la misma moneda. ¿Quién lo sabe mejor que los israelitas? El mundo estuvo a punto de liquidarlos en el siglo pasado y esta claro que no van a dejarse aniquilar en este nuevo mileno. Pero los palestinos deben saber que los israelís no van a marcharse de ahí. Seis millones de ellos murieron en los años cuarenta a manos de la nación presuntamente más civilizada del mundo. No van a dejarse asustar ahora.

Las buenas noticias son que hace unos pocos años, un millón de israelíes bienintencionados asistió en Tel Aviv a una manifestación por la paz. Fue una escena impresionante y demostró que los palestinos cuentan con el apoyo de al menos, un millón de aliados judíos (cerca de una tercera parte la población de su país).

En tiempos como éstos, los que somos lo bastante afortunados como para vivir libres de sufrimientos de este calibre debemos movilizarnos para detener la escabechina. En este sentido, mi país no puede seguir entregándole cheques en blanco a Israel.

Michael Moore

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