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M.L.B.

24 de octubre de 2012

«Entre paen_umbras, entre casi_sombras, Michel se colgaba del racimo literario, releyendo “La última niebla”,”La amortajada”, todos sus cuentos y cartas, sí, de, sí, y sus aerolitos, sus ramitas de boj, sus hormigueos en el cielo.
¿La felicidad? No perder ni el + estúpido detalle, x saberla perdida en el pasado,(descontando la melancolía propiamente tal de…), terminando una novela con la muerte de los muertos, un cuento, con un muñón de ala que espanta hasta el abandono, una entrevista a Sherwood Anderson en Nueva York, recordándole a Pearl Buck, o a una guirnalda de esperanzas, emanadas desde alguna oscura zona gozosa y pesimista al mismo tiempo, queriendo que así no fuera, o que…, trenzas tan largas, y vidas tan cortas, tan efímeras, que más parecían vivirse mejor y mucho más después de morirse en el sueño, que de vivir despertando de una pesadilla adormecida, veneno de alacrán contra el cáncer o efisema, y entre los dedos de Charlie, acordes eléctrico_traspuestos, y entre sus manos, alambradas de púas apretadas con gran fuerza, y de un tirón desde la portada de su croquera, y en su espalda de mezclilla, un mandala suástico, con el que de noche sacrifica a un felino azabache, y teñido de su bermellón destello y de su alba, venga a un amigo homosexual, antes de huir al otro lado de esos médanos andinos orientales, o a la…»

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